Cuando mi (maravillosa) sobrina, Mariana Rotaeche tenia 4 años, hicimos una viaje a Florencia con parada obligada en la Galería de la Academia, todo en ese lugar quita la respiración seas sensible o no al arte, seas clásico o modernete, seas de la tortilla con cebolla o sin…es casi inevitable no sobrecogerse.

Uno de los momentos estrella es sin duda situarse frente al David de Miguel Ángel, la niña y sus 4 añitos percibieron que aquello era especial, y quería, como algunos lo hacían, dibujarlo. Me pidió hojitas, un boli y se puso manos a la obra, hizo varios trazos, luego se marcho a otra sala a dibujar ángeles y volvió entregándome una de las mejores abstracciones que he visto del David hasta ahora, cabeza grande y paquetin, con poquísimos trazos, genial. Esta niña, por suerte, aún tiene una manera muy particular de ver el mundo.

 

Todos hemos oído mas de una vez que las pinturas de Picasso las podría haber hecho un niño…¡vaya! lo que hacen los niños también es difícilísimo de hacer, requiere una capacidad de síntesis brutal, poder sorprenderse constantemente, ser valiente para soltar lo que se trae dentro sin remilgos, un “arte libre de preocupaciones intelectuales” como describió Jean Dubuffet, uno de mis pintores favoritos.

 

 

La “wiki” dice (y es verdad ) que Dubuffet acuñó el término “Art Brut”, que definiría a el arte producido por “no profesionales” (enfermos mentales, prisioneros, niños) y que es precisamente eso, un arte creado fuera de la cultura oficial y que responde a una fuerte motivación interior casi siempre utilizando materiales y técnicas poco convencionales…

 

 

Esta claro que no queremos (no quiero) entrar en recovecos intelectualoides y preguntarnos que es arte, que es una tomadura de pelo por parte del artista, que es valioso a nivel económico y artístico, que es apreciado y por quien…no es importante.
Si a alguien le parece que Dubuffet pintaba y coloreaba, eso hacia, pero con esos muñequitos, rayones, espasmos, arranques y guiños, a mi me mueve, me hace sonreír, me hace respirar hondo, me encanta, me revuelve…suerte mía y de toda mi generación haberlo tenido aquí.

Si vuelvo alguna vez a NY me plantaré como un quinto árbol “Dubuffetiano” en la Chase Manhattan Plaza y acompañaré a los otros 4.